viejos miedos

Carlos Rehermann Bernardo de Claraval opuso la pintura a la palabra en unos términos de los que parece imposible escapar hasta hoy. Consideraba que la palabra era superior, no porque fuera más eficiente, sino porque se dirigía al intelecto.

"Según este razonamiento", dice Leonardo al comparar la poesía y la pintura, "la pintura es superior a la poesía, aunque, por no saber los pintores hacer valer su razón, quedó por mucho tiempo la pintura sin abogados, pues ella no habla.

(...) La poesía, por su parte, aboca en palabras, de las que se sirve para a sí misma alabarse con brío".


La discusión de Leonardo sobre la superioridad de la pintura, que ocurrió hace medio milenio y quedó registrada en el Parangón de su Tratado de Pintura, sigue teniendo actualidad. Al menos se mantiene, sobre todo entre educadores de primaria y secundaria, la idea de una oposición inconciliable entre palabra e imagen.


Bernardo de Claraval, impulsor de Cruzadas, fundador de órdenes de caballería y de monasterios, pilar del papado, árbitro de la religión de los siglos XI y XII, opuso la pintura a la palabra en unos términos de los que parece imposible escapar hasta hoy.

Consideraba que la palabra era superior, no porque fuera más eficiente, sino porque se dirigía al intelecto; en cambio, sostenía que la pintura provocaba pasiones, y por lo tanto, exaltaba el cuerpo en desmedro del espíritu.


En realidad consideraba peligrosa la pintura, lo cual indica que probablemente la creía más eficaz como medio de comunicación (y seducción).

Su temor respondía a un nuevo medio posibilitado por nuevas tecnologías: las vidrieras góticas. En su época, las paredes de las iglesias comenzaron a transformarse: los muros ciegos, penumbrosos, impregnados de colores apagados, estallaron en fantasías de brillante policromía.

La expresión de asombro ante el arte de la luz se confundía (peligrosamente, para Bernardo) con la expresión física del éxtasis místico.

Del mismo parecer fue Leonardo, aunque para él se tratara de una ventaja: "Son mucho más dignas las obras de la naturaleza que las palabras, las cuales son obra del hombre, pues tal desproporción existe entre las obras del hombre y la naturaleza, cual entre Dios y el hombre. De ahí que sea más digna cosa imitar las obras de la naturaleza, verdaderas semejanzas en acto, que imitar con palabras los hechos y dichos de los hombres".

El de Vinci, hincando el diente en los procesos mentales de la percepción de la palabra y la imagen, relata una historia sobre el Rey Matías, soberano húngaro protector de las artes de aquel tiempo, al que atribuye dichos literalmente leonardianos: "¿Y no ves que en tu ciencia -dice Matías al poeta- las proporciones no se dan en el instante, sino que las partes se suceden una tras otra, y sólo nace la posterior si la anterior ya ha muerto?".

Su argumento descalificador de la cadena lógica, unidimensional del lenguaje verbal, se utilizó para demostrar lo contrario hace medio siglo, cuando la televisión se impuso como medio masivo.
Surgieron voces de alarma en todo el mundo. Semiólogos, sociólogos y críticos de arte elaboraron discursos de análisis para el nuevo medio. Gillo Dorfles, Umberto Eco, Armand Mattelart inundaron de baratijas eruditas las bibliotecas de humanidades.

Los maestros, sobre todo, bebieron ávidamente de esas fuentes prêt-à-porter, alertando, como novecientos años antes lo había hecho San Bernardo, contra los peligros de la imagen. Para los educadores, sobre todo en esta época en que los canales satelitales y por cable inundan los hogares, estamos en peligro de perder la capacidad de expresarnos con un lenguaje articulado en una cadena lógica (en algunos casos, parece que ellos ya la han perdido, a juzgar por la debilidad de sus argumentos).


El rol de Leonardo lo cumplieron más que nada los programadores de los canales de televisión, que, como bien decía aquél, al igual que los pintores no saben hacer valer su razón. No hay que descartar, por lo demás, que no tengan razón en absoluto.


El miedo a lo nuevo es viejo, un viejo que no muere.

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